LAS SOMBRAS DE LA SOLEDAD

Matías Durán salió de los extensos almacenes arrastrando una pena que se aferraba a sus pasos como una sombra obstinada. El frío lo envolvió en cuanto cruzó la puerta: ese aliento gélido que otras veces le había resultado casi reconfortante y que ahora parecía conspirar con la tristeza que lo habitaba y para la que no encontraba consuelo. Caminó hacia su casa sin prestar atención a las luces navideñas que colgaban de las farolas ni a los adornos que intentaban insuflar alegría a las calles. Se sentó en un banco frente a su portal, con la mirada perdida en los adoquines, intentando asimilar aquella noticia que lo embargaba en una espesa niebla y que no quería arrastrar hasta la intimidad de su vivienda. 

Volvió a repasar lo sucedido. A sus setenta años, su primera novela por fin había visto la luz, aunque apenas resistió dos semanas en la mesa de novedades. La conversación con Chloe, la dependienta, seguía martilleándole la memoria, clavada como una astilla que se niega a salir. La editorial no había pagado por colocar su libro en la mesa principal, pero aun así lo habían mantenido allí por pura deferencia; al fin y al cabo, él era su cliente más fiel, el que cada semana entraba con una sonrisa tímida y una amabilidad contagiosa para ver las novedades.

Chloe se lo explicó con una dulzura que buscaba protegerlo, como si midiera cada palabra para no herirlo. Había que dejar espacio para los grandes best sellers, le dijo, y en sus ojos había una tristeza sincera, una compasión que no bastó para suavizar el golpe. Trató de animarlo contándole que le habían enviado el pedido con las novedades que dejó pagadas la semana anterior, y que ese mismo día las recibiría en su domicilio, pero aquello no logró apartar la sombra que se le instalaba en el pecho.

Porque lo que de verdad lo quebró fue la respuesta a su pregunta sobre cuántos ejemplares se habían vendido. Tras una búsqueda interminable en el ordenador, Chloe levantó la mirada, casi disculpándose antes de hablar. Sus palabras cayeron sobre él como un bloque de hielo cuando escuchó casi como un susurro la cantidad. Cinco. Cinco en toda la cadena. En toda España.

Eso era todo.

Marcó varias veces el número de Miguel, su editor, aferrándose a la necesidad casi infantil de una explicación, de una palabra que mitigara o ayudara, aunque fuese mínimamente, la herida que llevaba abierta desde la librería. Pero no obtuvo respuesta.

Era el día del sorteo de la lotería de Navidad; probablemente Miguel estaría en la comida de empresa o reunido con algún escritor brillante, de esos capaces de vender en un abrir y cerrar de ojos más ejemplares de los que él había conseguido en dos semanas.

Subió hasta su casa y se dejó caer en su sillón de lectura, tras apartar con cuidado los libros apilados sobre el asiento. Siempre habían sido su única compañía. Los únicos con los que conversaba y que nunca lo habían dejado solo. Había pasado toda su vida trabajando como vigilante nocturno en una fábrica. A cualquiera le habría parecido un empleo monótono y gris; para él, en cambio, era un refugio. La noche le regalaba silencio y le permitía entregarse a su pasión: leer. Durante años había fantaseado cientos de veces con el sueño que lo acompañó toda la vida: escribir su propia novela.

Esperó a jubilarse para ver cumplido su ansiado deseo. Estudió a los grandes, desmenuzó párrafos, ritmos y estructuras. Creía tener la historia perfecta: una novela negra al estilo de su admirado Andrea Camilleri —quien también alcanzó la fama cerca de las setenta primaveras—, con un leve eco del estilo de Raymond Chandler y ese tipo de final donde el asesino nunca llega a revelarse y tiene que ser el lector quien haga cientos de conjeturas. Tras cinco años de trabajo incansable y una sucesión de negativas, una pequeña editorial independiente decidió apostar por él. Y, aun así, la ilusión de toda una vida se evaporó apenas dos semanas después de que el libro viera la luz. Cinco ejemplares. Eso era lo que valía tanto esfuerzo.

En el ocaso de su vida, había imaginado viajar para presentar su obra, visitar clubes de lectura y pasar sus últimos años conversando sobre sus personajes, su estilo y, sobre todo, lo que él consideraba lo mejor del libro: el final y las decenas de teorías que surgirían sobre quién podría ser el asesino, algunas tan desorbitadas que ni él mismo habría podido imaginar. Pero aquella tarde comprendió que ese sueño no estaba hecho para él.

Miró el móvil por enésima vez. Nada. Ni un mensaje de Miguel. En realidad, casi nadie recordaba que él existía: su editor, Chloe —la dependienta que siempre le enviaba los libros a casa con una nota amable— y Aitana, su vecina, cariñosa y paciente, quizá la única persona con la que mantenía algo parecido a un vínculo. Entró en esa red social que ella misma le había instalado para que pudiera recibir mensajes de lectores. La editorial lo había exigido como parte de la promoción, igual que la creación de una cuenta de correo donde también pudieran ponerse en contacto con él.

Una burbuja con la silueta de una cabeza le avisó de que tenía un nuevo seguidor. Sintió un destello, un brevísimo chispazo de felicidad. Con aquel ya sumaban once las personas que lo seguían: Aitana, la editorial, varios blogueros —aunque aún no terminaba de comprender qué significaba exactamente ese término— y ahora ese perfil nuevo que, por un instante, se permitió imaginar como un lector verdadero. Tenía también un mensaje de esa misma persona. Lo abrió con entusiasmo, convencido de que sería una opinión sobre su novela. Pero no. Otra decepción. El supuesto lector le hablaba de sus cientos de miles de seguidores y de la tarifa “módica” que podía cobrarle por dedicar un post a su libro. 

Aun sin haber encajado del todo ese nuevo golpe, el timbre de la puerta sonó dos veces seguidas. Era la señal que compartía con Aitana. Si solo sonaba una vez, jamás abría; no tenía trato con nadie más ni lo quería.

Aitana asomó la cabeza para preguntarle si necesitaba algo. Él negó. Prefirió no mencionar la cifra de ventas; aquello exigiría una explicación demasiado dolorosa, y no quería, no podía, exponerse a esa humillación.

Su vecina, siempre tan atenta, notó que algo le pasaba, pero decidió no insistir. Cambió de tema y comentó con pesar que la lotería no le había tocado y que su sueño de recorrer el mundo tendría que esperar, repitiendo la frase que más se escuchaba ese día: “Al menos tenemos salud”.

Se despidió de ella. Matías Durán pensó que ni siquiera había mirado los dos únicos décimos, siempre con el mismo número, que compraba desde hacía años, más por tradición que por convicción. 

Encendió la televisión y puso las noticias. Su mirada se quedó fija en los hombres y mujeres que descorchaban botellas de champán, celebrando su buena suerte al haber ganado el primer premio. No reconocía sus rostros, pero sí el lugar: la fábrica donde había trabajado más de cuarenta años. No necesitó comprobar los boletos guardados en el cajón. Un gran rótulo en pantalla mostraba el número premiado. El mismo que la empresa jugaba cada año. En ese momento tenía ochocientos mil euros en su cajón.

No sintió ninguna ilusión especial. Tenía la casa pagada desde hacía años, vivía con holgura gracias a su pensión y aún podía permitirse ciertos caprichos: su copa de vino a la hora del Ángelus, como él llamaba al mediodía, y sus innumerables libros.

Matías fue hasta el cajón, tomó los décimos y regresó al sofá con el móvil en la mano. Entró de nuevo en aquella maldita red social y, tras trastear durante más tiempo del que estaría dispuesto a admitir, logró encontrar el botón para hacer lo que Aitana le había enseñado cuando le instaló aquella aplicación: un directo. Se dispuso a grabar; no sabía si lo estaba haciendo bien, pero entonces apareció una persona que lanzó un corazón.

Alguien estaba viendo aquel vídeo.

Matías carraspeó. Ni siquiera había tenido tiempo de pensar en lo que estaba dispuesto a hacer; movido por la fuerza de un impulso que se apoderaba de él en ese instante, mostró a la cámara los dos décimos y comenzó a hablar.

“Para todos aquellos que compraran su libro y enviaran un justificante de compra a su correo electrónico, sortearía dos boletos premiados. En un plazo de dos meses, para asegurarse de que después no lo devolverían. Cuantos más compraran, más posibilidades tendrían de ganar.”

Inmediatamente después, esperó a que el vídeo se colgara en su perfil y decidió irse a dormir. Aquella noche ni siquiera cenó.

A la mañana siguiente, el sonido de los timbrazos lo despertó. Era Aitana. Antes de abrir, miró el móvil: doce llamadas perdidas, todas de Miguel, y un mensaje de aquella red social indicaba que, en apenas unas horas, había conseguido cien mil seguidores.

Cuando abrió la puerta, su vecina ya se había marchado, seguramente cansada de esperar. Devolvió la llamada a su editor, quien estaba entusiasmado. La idea del sorteo de los boletos se había convertido en tema de conversación en todos los círculos. No sabía si aquello había sido la idea de marketing más brillante de la historia o una auténtica locura, pero estaba en boca de todo el mundo. La editorial había recibido miles de solicitudes y habían pagado una fortuna para que, dadas las fechas, en unas semanas, la imprenta pudiera entregar una tirada de más de doscientos mil ejemplares. Y no acababa ahí: todos los medios de comunicación querían entrevistarlo, querían conocer a la persona que había decidido sortear ochocientos mil euros solo por comprar su libro.

Miguel no pudo evitar que el teléfono se le resbalara de las manos cuando escuchó a Matías rechazar todas y cada una de aquellas propuestas. No lograba comprenderlo; siempre había sido aquel su sueño. La respuesta del anciano lo dejó sin posibilidad de réplica: en esas entrevistas no hablarían de la novela, de su estructura, del desarrollo de los personajes ni del final que tanto le había costado diseñar. Solo hablarían del sorteo, de cuándo y cómo se realizaría. Él solo quería que la gente comprara su libro y que lo leyeran. No ansiaba nada más y no hablaría de ninguna otra cuestión.

Un mes y medio después, Matías entró en la red social. Más de un millón de personas estaban conectadas en ese instante, ansiosas por saber si el anciano por fin anunciaría el día del sorteo. Durante ese tiempo, su novela se había reeditado veintinueve veces y las cifras superaban el millón de ejemplares vendidos.

Los primeros días, las ventas se dispararon por el anuncio del sorteo; pero pronto fue el boca a boca lo que impulsó a la gente a lanzarse a las librerías. Según la crítica de los medios del país, la novela era brillante, pero aquello no fue lo que llenó de orgullo a Matías. Lo que realmente lo conmovía eran los cientos, los miles de mensajes de lectores que le habían escrito, emocionados por su obra, por la fuerza de su prosa y por el desenlace, en el que todos especulaban sobre quién podía ser el asesino.

Matías Durán anunció el día y las condiciones en las que se celebraba el sorteo y se despidió.

Quince días después, a primera hora de la mañana, el inspector Montalván apoyó el libro que acababa de terminar, y del que todo el mundo hablaba, sobre la mesa de su despacho, reflexionando sobre el desenlace de aquella historia. Había disfrutado con la lectura y ahora necesitaba hablar con el subinspector que se lo había recomendado, para comprobar si coincidían en quién podía ser el asesino, dado que él no albergaba ninguna duda.

Su móvil sonó mientras recorría el pasillo de la comisaría. No pudo evitar sobresaltarse al escuchar que habían encontrado un cuerpo sin vida: precisamente el del autor del libro que acababa de terminar.

Matías Durán.

Sus hombres lo pusieron al tanto: la puerta no mostraba señales de haber sido forzada antes de que la echaran abajo. Eso ya era extraño, pensó Montalván. Sin embargo, en el interior se había vivido una auténtica carnicería. El suelo estaba empapado de agua mezclada con sangre. Habían dejado el grifo abierto, seguramente para borrar huellas. En el salón y en las habitaciones, todos los cajones y armarios habían sido vaciados y su interior esparcido de cualquier forma. La espuma de los sofás y cojines estaba por todos los rincones o empapada en agua. Los muebles destrozados, como si alguien hubiera querido encontrar algo con desesperación.

En el baño, el cuerpo desnudo y sin vida de Matías yacía en la bañera, con una bolsa de plástico cubriéndole la cabeza. El tapón había sido extraído y el anciano reposaba sobre la fría chapa del acero esmaltado. Montalván lo observó con los ojos abiertos de par en par; no había necesidad de que el forense le explicara nada: las marcas en la piel hablaban por sí solas. Al igual que en el libro de Matías Durán, la víctima, en este caso el autor, había sido torturado y asesinado.

El rigor mortis había aparecido ya en la mandíbula y en los brazos, lo que situaba la muerte entre dos y seis horas antes. Eso hacía suponer que había fallecido de madrugada.

Un cuchillo reposaba en su mano, aferrado con una rigidez que delataba el último espasmo de vida; lo más probable, pensó Montalván, era que el propio Matías se lo hubiera arrancado de alguna de las heridas. La peor era la del costado, y todo indicaba que, al extraer el arma del crimen, había acelerado la hemorragia. Exactamente igual que en el libro que esa misma mañana había dejado en la mesa de su despacho. Restos de un vaso de cristal se hallaban esparcidos por el suelo, arrastrados parcialmente hasta el pasillo por el agua que aún goteaba del grifo.

Montalván suspiró sorprendido. Jamás había visto nada igual. El anciano yacía muerto de la misma forma, con las mismas heridas, que la víctima de su propia novela.

La subinspectora le explicó que esa misma tarde Matías debía anunciar al ganador de sus dos boletos premiados. Montalván arqueó una ceja. Los teléfonos de las comisarías de todo el país comenzaron a sonar apenas cinco minutos después de la hora señalada; millones de seguidores esperaban, ansiosos, para descubrir si eran ellos los afortunados. Y Matías no aparecía por ningún lado.

La alarma social se extendió como la pólvora. Una patrulla llegó a la casa y, al ver el agua teñida de sangre desbordándose hacia el portal, no esperaron la autorización del juez: derribaron la puerta de un golpe tras comprobar que nadie respondía al otro lado de esta y que no había signos de haber sido forzada.

La subinspectora respondió a todas y cada una de las preguntas de Montalván con la misma palabra: no. Ninguno de los vecinos había visto ni oído nada y ninguna cámara en los negocios de los alrededores había grabado ni una sola presencia. En el edificio apenas conocían a Matías, excepto la vecina de enfrente y, según dijo la mujer que vivía arriba, Aitana llevaba un mes y medio fuera del país, recorriendo el mundo en un viaje con el que estaba entusiasmada. Y lo más importante: no, no había ni rastro de los décimos de lotería.

Un año después, Montalván abandonó la comisaría con una pequeña caja con sus pertenencias en las manos. Aquella investigación lo había obsesionado por completo. Se había entregado tanto a aquel caso, le había dedicado tantas horas, que le había costado su matrimonio, y la desesperación por la falta de pistas lo había lanzado a los brazos del alcohol, viviendo todo el día ebrio. Motivo por el que el comisario, ese mismo día, no tuvo más remedio que despedirlo.

Entró en un bar donde todas las mesas estaban vacías, se sentó en la primera que encontró y pidió un whisky solo. Pensó, como lo había hecho cientos de veces, en la muerte del anciano.

Un porcentaje muy alto de los asesinatos suele ser cometido por personas allegadas a las víctimas. Aquella noche, en su casa, solo se hallaron las huellas de Matías. Tres personas habían sido consideradas sospechosas: su vecina Aitana; Miguel, su editor, que al ver que el escritor no respondía a las llamadas y temiendo lo peor, había conducido toda la noche para llegar hasta él; y Chloe, la dependienta de los grandes almacenes, que aquel día estaba de baja por una lesión en la espalda mientras cargaba una de las cajas.
No. El inspector sabía que ninguno de ellos había sido. No tenía respuestas sobre quién había matado a Matías Durán, del mismo modo que no las tenía sobre el hallazgo forense: una dosis alta de morfina y ketamina en su organismo, dos analgésicos que podían haber terminado con su vida.

¿Quién querría provocarle dolor y, al mismo tiempo, evitar que sufriera?

La televisión lo devolvió de sus pensamientos.

Se cumplía un año del caso Durán. El programa se hizo eco del asesinato y del sorprendente efecto que tuvo en las ventas del libro, disparadas por el inquietante paralelismo entre la ficción y la realidad. La presentadora repasó cómo aquella noticia había transformado la obra: más de quince millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, traducciones a más de cuarenta idiomas y, recientemente, el anuncio de que una famosa plataforma emitiría próximamente la serie basada en la novela.

El exinspector reflexionó sobre la paradoja de aquel caso. Se había obsesionado tanto con Matías que prácticamente lo conocía y sabía que su sueño era convertirse en un escritor mediático. Sonrió al imaginar la cara del anciano si hubiera descubierto hasta dónde había llegado su historia: un escritor que muere de la misma forma que la víctima de su libro. Aquello resultaba macabro. Las redes sociales se habían llenado de teorías conspirativas; había plataformas, blogs, incluso juegos de mesa, camisetas y marcas con su imagen.

En ese momento, la televisión iniciaba un debate con motivo del primer aniversario de la muerte de Matías Durán, en el que se analizaban todas las pistas para intentar descubrir quién había matado al protagonista de la novela. Montalván sonrió, aunque él siempre lo había tenido claro.

La risa del inspector se cortó súbitamente y la caja volvió a caerse al suelo. Sin quererlo, había descubierto el desenlace de aquel caso. Durante todo ese tiempo, todo había estado delante de sus ojos. En ese momento sabía quién estaba detrás de la muerte de Matías Durán y por qué.

Volvió a sostener el libro y ya no tuvo ninguna duda al volver a leer el título:

“Las sombras de la soledad”.